American Factory – La otra cara del ‘modelo chino’
American Factory es un documental del año 2019 producido por Higher Ground Productions y emitido por Netflix que retrata la apertura de una fábrica automotriz de capitales chinos en Ohio, Estados Unidos (es importante diferenciar entre el contenido que Netflix financia, produce y por lo tanto tiene total control de creativo e intelectual, del que sólo financia con un control menor sobre él).
Destacan una producción impecable en los aspectos técnicos y visuales .También el interés por el universo industrial. Por último, pero no menos importante, la presentación de una manera objetiva (dentro de lo posible) dándole la palabra a todas las personas y organismos que intervienen en la historia.
Colisión de planetas
En 2015 la empresa Fuyao -de origen chino- decide abrir su primera planta en los Estados Unidos, como parte de una política de expansión (y de diplomacia, la elección no es casual). La empresa se dedica a producir vidrios para autos.
La fábrica va a operar donde antes había una planta automotriz, cerrada durante la crisis económica norteamericana. Una escena de un enorme valor simbólico. Para la ciudad, aquél cierre había sido devastador económicamente. La nueva apertura significaba nuevas esperanzas. Sin importar la procedencia de la empresa.
¿Que sucede cuando se encuentran mundos tan distintos? El documental nos muestra al menos tres colisiones, algunas más visibles que otras.
Antes de inaugurar la planta, el dueño de la empresa se hace presente para revisar algunos detalles. Un portón deberá cambiar de orientación para equilibrar las energías y hay una divertida discusión sobre la ubicación del mostrador de entrada, entre los deseos del dueño y las leyes norteamericanas. El ejecutivo será un protagonista importante del documental.
Para capacitar a los trabajadores -la mayoría ex empleados de la automotriz- llega a la planta y a la ciudad un contingente de operarios chinos. Fuera del ámbito laboral, el encuentro de culturas es positivo. Comparten barbacoas y karaokes. Dentro se vuelve más complejo. Cada uno de los allegados necesita un traductor. Las órdenes de los supervisores se contraponen con las de los directivos norteamericanos. Las primeras pruebas de producción salen mal.
La primera mitad del documental se enfoca en los problemas derivados de las relaciones laborales. Salarios, cargos, estructura jerárquica, obligaciones, beneficios, asistencia.
Todo funciona como el choque de dos autos en cámara lenta. Es interesante destacar que el conflicto se plantea tanto horizontal como verticalmente. Hay conflictos entre los empleados norteamericanos y los supervisores chinos, pero también los hay entre el dueño de la compañía y los directivos norteamericanos. Los directivos y jefes de sección son invitados a viajar a China a conocer el funcionamiento de la planta. Es como un boleto de ida y vuelta a un gulag de lujo. Son invitados pero sobre todo están bajo la atenta supervisión de los gerentes chinos.
Tras las ilusiones iniciales generales de los obreros y cambios concretos (una obrera se muda del sótano de su hermana a su propio departamento), la situación en la planta se dificulta. Los operarios cobran menos que en su empleo anterior. Para facilitar la instalación de la planta, las leyes laborales norteamericanas entran en una especie de limbo. Y el choque principal es con lo que podríamos llamar “cultura laboral” de los operarios y la de los supervisores chinos. Su completo esfuerzo está puesto en la producción. Hacen horas extras sin conflicto, trabajan domingos y feriados, se saltean el horario de almuerzo para aumentar el ritmo productivo. No se trata de una licencia que se toma la empresa en ese “limbo” legal en Norteamérica. Es el ritmo de trabajo de China. Allí la industria funciona bajo lo que se denomina 9-9-6. No es un código de teléfono. Significa 9 am - 9 pm - 6 días a la semana. Un ritmo de trabajo insostenible bajo cualquier convenio laboral en Estados Unidos y buena parte del mundo.
El conflicto de productividad norteamericano – chino se desarrollará a lo largo de todo el documental.
La segunda parte del documental se centra en el conflicto al interior de la empresa, cuando algunos operarios intentan organizarse sindicalmente. En los EEUU la sindicalización es optativa. Los niveles de ingenuidad que se observan son tremendos. Particularmente por parte de los representes sindicales. Si lo vieran en la CGT Argentina habría días de risas ininterrumpidas. La empresa se opone al sindicato. Los impulsores del sindicato van con remeras o gorritas al interior de la empresa. Todos irán siendo despedidos tras la derrota en la elección. El sindicato no convocará a ninguna medida de apoyo a los despedidos en el resto de las fábricas. En un país que supo tener potentes sindicatos en el pasado, lo que vemos es apenas un blef.
Como complemento, el documental entrevista en China al secretario general del sindicato de la empresa y dirigente del PC de la región. Se trata de un familiar directo del dueño de la empresa. Insiste una y otra vez en la importancia de la unidad entre empresarios y trabajadores. “Si pierde la empresa perdemos todos”, dice el sindicalista del PC Chino.
American Factory pone sobre la mesa el ‘secreto’ detrás de la explosión económica China: la super-explotación de sus operarios. Jornadas laborales de 12 horas seis días a la semana, competencias por productividad, control de horarios de comida y descanso, salarios mínimos en dólares, condiciones a veces infrahumanas de trabajo (en 2013 una empresa coreana radicada en Honduras fue denunciada por obligar a usar pañales a sus empleados, prohibiéndoles el derecho de usar los baños). Que sea producida por norteamericanos no anula las imágenes concretas y reales de las condiciones laborales en China. También deja en evidencia las dificultades de los funcionarios norteamericanos de poner algún tipo de marco a la situación de la fábrica. En ese sentido, podemos ponerlo en línea con Un día sin mexicanos, aquél docu-ficción sobre el papel de los inmigrantes mexicanos en la economía norteamericana, principalmente en la informal. También es, consciente o inconscientemente, descendiente directo de la mítica película francesa Recursos Humanos (1999) dirigida por Laurent Cantent.
Si la producción china es puesta bajo la lupa, es para destacar el momento en que se les da la palabra a los operarios chinos. Los escuchamos a lo largo del documental dentro de la empresa, donde hacen permanentemente el papel de ‘malos’. Es hacia el final en que podemos oírlos reflexionar en privado. Las palabras de un supervisor en el silencio de la noche son profundamente conmovedoras y reflejan una consciencia mucho mayor que la permanente jovialidad con la que los vemos en el trabajo.
El último elemento a destacar del documental, tiene también el tamaño de un último choque de planetas, aunque cueste mucho más apreciarlo. Es entre el documental y el propio espectador. Entre la academia y la intelectualidad en general, de un lado, y el mundo fabril del otro. Esa conexión no es una quimera, sino que existió en tiempos del Mayo Francés, en la obra del argentino Raymundo Gleyzer (Los traidores -1973-), el cine italiano de posguerra (Il Compagni -1963-), en el bando republicano de la Guerra Civil Española y puede remontarse en el cine hasta los films vanguardistas de Sergei Eisenstein (El acorazado Potemkin) y Luis Buñuel (El perro andaluz, Los olvidados). El ambiente académico e intelectual de los últimos años se ha desconectado de la vida cotidiana industrial, e incluso de sus grandes momentos de crisis.
Un cine documental actual podría reflejar las relaciones laborales hoy. Cierres de fábricas, los accidentes laborales, la precarización laboral o el accionar de las no tan ingenuas conducciones sindicales e incluso, más osadamente, cómo afecto la pandemia en la producción, es algo que no sucede ni en los grandes circuitos ni en la mayoría de las productoras independientes de cine- salvo los grupos documentalistas ligados a organizaciones sindicales independientes o ‘de izquierda’-.
En un contexto lleno de conflictos sociales, culturales, tanto particulares como colectivos, no deja de ser un llamado a la reflexión que las cámaras se queden del lado de afuera de las fábricas. Pareciera ser que lo que sucede del lado de adentro está en un mundo aparte, del que no es posible obtener imágenes, donde rigen otras reglas, otras realidades de las que el lenguaje cinematográfico o intelectual no podrían dar cuenta. Sería bueno preguntarse el por qué.
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